LA TRIBU: NUESTRA NECESIDAD DE COOPERAR

Hace poco terminé este gran libro de Sebastian Junger: “Tribu: sobre vuelta a casa y pertenencia”.

 

 

Me hizo reflexionar bastante sobre algunos temas sobre los que he estado dando vueltas últimamente: el maldito teléfono móvil (¿hace falta estar todo el día pendiente de el?), el trabajo que no nos llena, el desarraigo en las grandes ciudades…

Todos son fenómenos relativamente recientes. Dudo que nuestros abuelos se sintiesen así; puede que sus vidas fuesen más duras, pero estoy seguro de que en muchos casos eran más plenas.

Pensemos en todo el tiempo que le dedicamos al día a las redes sociales. Soy el primero en reconocer su utilidad pero no creo estar desvelando ningún secreto al decir que la gran mayoría del contenido es poco útil y bastante aburrido. Pero aun así seguimos entrando. Hace poco, uno de los fundadores de Facebook, Sean Parker, pidio disculpas públicamente y reconoció que la red social utiliza la recompensa psicológica como mecanismo para mantenernos enganchados, mostrándose bastante preocupado sobre el efecto que puede tener en los jóvenes.

Facebook, como todas las “redes sociales” se vendió como una forma de crear vínculos sociales y mantenernos en contacto. Vistos los resultados, que mejor ejemplo que este para demostrar que, en muchos casos, la tecnología distorsiona nuestras necesidades reales en vez de solucionarlas. Si nuestra necesidad como seres humanos es la comunicación, ese no puede el medio.

Hemos evolucionado como seres sociales. Solos seríamos incapaces de sobrevivir mucho tiempo en la naturaleza. No tenemos garras, ni dientes, ni segregamos veneno (bueno algunos tal vez sí). El éxito del ser humano depende totalmente del grupo y de su grado de cooperación. Pero la tecnología ha tenido tanto éxito en facilitarnos la vida que una persona nacida en el siglo 21 puede obtener prácticamente todo lo necesario para sobrevivir sin contar los demás. Pensemos que si tenemos hambre basta con pedir por internet a domicilio y en media hora tenemos la comida lista en casa, apenas tenemos que interactuar con el repartidor para dar las gracias.

Aún no estamos preparados psicológicamente para este cambio y estamos pagando el precio de esa supuesta comodidad. Jamás en la historia ha habido tantas personas afectadas por enfermedad mental, y las diferencias tan significativas entre el medio rural y urbano demuestran que cuanto más alejados de la comunidad y del sector primario, más posibilidades hay de que la padezcamos.

Cuando las autoridades británicas de los años 40 realizaban los preparativos para protegerse de los bombardeos alemanes, dentro de sus mayores preocupaciones estaban el caos y saqueo que estaban seguros que se iban a producir inmediatamente después. Cuál fue su sorpresa al comprobar durante las durísimas semanas de bombardeo constante, cuando los trabajadores ingleses tenían que huir corriendo a los refugios y al salir seguir con sus vidas, que las enfermedades mentales disminuyeron en vez de aumentar.

 

 

Los ciudadanos de Londres se juntaban en los túneles y con las bombas cayendo en la superficie empezó a emerger un orden al margen de las rígidas normas sociales, se implementaban espontáneamente y la colaboración surgía de forma natural. La presión por sobrevivir parecía despertar un impulso por acercarse a los demás y formar grupos más cohesionados y colaborativos. Se han observados fenómenos similares durante catástrofes naturales o cuando un grupo numeroso de personas ha quedado aislado por accidentes como derrumbamientos en minas.

En estos grupos el liderazgo también aparecía de forma natural, y en circunstancias en las que la necesidad por encontrar soluciones es tan urgente, es fácil suponer que los que más aportasen a la supervivencia y unidad del grupo fuesen los más valorados. El estatus dentro del grupo surgía entonces dependiendo de la actitud y contribución de cada uno. Hoy, una noción tan arraigada como el estatus ha sido tan distorsionada que nos parece normal medir lo que vale una persona por el número de likes que han obtenido en redes sociales, mostrando una pequeña parte prefabricada de su vida. No es raro que el uso de las redes sociales se relacione positivamente con la depresión.

Los estudios de sociedades cazadoras-recolectoras nos muestran que eran mucho más igualitarias que las modernas. A pesar de existir el estatus dependiente de la contribución de cada uno, todos los miembros de la Tribu tienen el mismo derecho de acceder a los recursos comunes por el simple hecho de pertenecer al grupo. La Tribu cuida de todos sus miembros por lo valiosos que son como individuos. A cambio, el egoísmo, la avaricia y la vagancia parecen estar penalizados más duramente que en las sociedades modernas, siendo en casos extremos castigados por la expulsión del grupo, lo que en Tribus paleolíticas equivale prácticamente a la condena a muerte.

Pensemos en lo que ha sucedido hace poco en nuestro país con las cajas de ahorros. Estas fueron rescatadas con cantidades enormes de dinero público, sumiendo nuestro país en una crisis que aún estamos pagando una década después (el coste medio por familia es nada menos que 2.200 euros). ¿Y que hicieron los responsables de estas cajas? Muchos de ellos salieron por la puerta de atrás con indemnizaciones de millones de euros. Pensemos ahora que les hubiese sucedido a los miembros de una Tribu paleolítica que se hubiesen comportado con ese grado de deslealtad. No hace falta dejar volar mucho la imaginación.

Todo esto pone en evidencia que en los países “civilizados” estamos muy lejos de comportarnos con el mismo grado de cohesión y solidaridad que hace miles de años, como ha sido durante la mayor parte de nuestro pasado evolutivo. Hemos pagado bastante caro el hecho de ya no tener que luchar en grupo para sobrevivir, o simplemente por una causa común importante. En países menos desarrollados el índice de enfermedades mentales es bastante más bajo que en los ricos, tal vez sea en gran parte porque aún no han abandonado ese alto grado de solidaridad frente a la adversidad.

Es una necesidad humana sentirse parte de algo más importante que nosotros mismos. A muchos de nosotros nos han robado ese aspecto tan importante de la vida en sociedad, ya sea en trabajos de oficina de interminables horas en los que no podemos ni ver ni tocar lo que producimos, o por los sucedáneos actuales de la comunicación real cara a cara.

Por nuestro pasado tribal todos nos beneficiamos psicológicamente de formar parte de un grupo con un objetivo común. Muchas personas, entre las que me incluyo, encuentran en la competición deportiva y en pertenecer a un equipo este tipo de vínculos. El no ser juzgado por lo que aparentas o tienes, no estar obligado a mantener una fachada constante de corrección y profesionalidad, sino simplemente ser valorado por lo que aportas es muy liberador y desgraciadamente poco corriente hoy día. Los lazos que se crean en estas circunstancias son duraderos y difíciles de romper.

 

 

Ocurre algo parecido en otros ámbitos como el ejército o la cooperación internacional, en los que los riesgos son mucho más altos y el objetivo que se persigue más trascendente. Dudo que haya un grupo humano en el que exista más hermandad que un pelotón de soldados o un grupo aislado de cooperantes. Uno de mis mejores amigos dedica todas las semanas unas cuantas horas a atender personas sin hogar, entregándoles comida o simplemente charlando con ellos. Varias veces me ha dicho que no cambiaría esas horas por nada del mundo, por duras que sean las circunstancias de estas personas el disfruta del mero de hecho de poder ayudarles.

A veces nos sorprendemos de lo dividido que esta nuestro país, muchos grupos critican sin medida a algún otro bando, llegando hasta el insulto, casi considerándolos como enemigos: izquierda contra derecha, ricos contra pobres, mujeres contra hombres, unas regiones contra otras… Lo peor de todo es que los medios de comunicación y ciertos grupos parecen querer alimentar esa división. Mientras tanto, las estadísticas de depresión y otras enfermedades mentales no paran de crecer.

Es bastante duro pensar que tal necesitemos la adversidad para que nos sacuda y tengamos que unirnos por la fuerza y re-aprender a cooperar, aunque esa parece ser la realidad. Mientras tanto, todos podemos encontrar un motivo en nuestras vidas para trabajar duro junto a los demás para un bien común.

 

Sapiens Urbano.

 

 

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